
La faena de Sebastián Castella había sido más tejida que elaborada. Mientras caminaba de espaldas al toro, justo cuando el maestro Tejera cerraba su puño para que la banda detuviese la ejecución del pasodoble, en el fresco de la memoria permanecía su diminuto y espigado traje nazareno clavado al ruedo, como esos palos que en la árida tierra se resisten tercos a los embistes del viento. Así, en el medio del ruedo, lo citó y recibió oscilando el trapo y trazando un arco en los ojos del uro; helando al mismo sol inclemente de aquella primaveral y andaluza tarde. Y lo remató con otro de igual calibre; cambiando la muleta por la espalda le daba péndulos a aquel astado. Como un compás de oro y lentejuela, dibujaba círculos toreándolo en redondo y la maestranza comenzaba a fraccionarse con algunos de pie y otros de culo; todos aplaudían.
Al toro de turno lo habían bautizado “Encendío”.
Un año después, poco recuerdo si ese toro alguna vez buscó al hombre en vez de la tela. Por mi memoria no corre la película de un animal manso en los caballos, flojo ante los palos.
Lo que nunca olvidaré es aquello que hizo de la faena de Castella un plato de segunda mesa, un comentario prescindible sobre aquella corrida.
Cuando llegó el momento de apagar la vida de “Encendío”, el silencio de la plaza permitía oír a algunas golondrinas que desde La Giralda se acercaban a la plaza, como augurio de que lo que venía merecía de su inusual presencia. Sin duda había sido un torazo, pero el espada francés había destacado sobre su cornúpeto opositor.
Fue tras la estocada, mientras se contaban los segundos para que el animal cayera, cuando la toda luz de “Encendío” salió para cegar en lo sublime cuanto espíritu rondara por la Real Maestranza.
El toro estaba muerto en pie. Con una estocada hasta la empuñadura, casi en el ojo de las agujas, se balanceaba porque no había músculo vivo que aguantara sus más de 500 kilos. Pero no caía. Sus rodillazas flexionaban sus piernas porque toda la sangre se le volvía agua en el corazón herido, pero no caía.
Había algo que lo mantenía erguido. Un alma llena de casta y bravura lo hacía caminar con el mismo paso torpe con el que andara otrora, cuando su madre le lamía la placenta. Así, dando tumbos, enfilaba su ensangrentada masa hacia el centro del ruedo.
En resistencia épica, caminaba insólitamente a contraquerencia. Las tablas iban quedando como una roja imagen que perdía cada vez más foco desde el lente de las negras ancas de “Encendío”.
La resolana de aquella bestia derretía almas del callejón a las gradas, era un resplandor de sangre derramada que no hacía sino enternecer corazones.
Castella estaba seguro de que el clarín del aviso sonaría, pero no nunca tomó la cruceta para descabellar el animal; él también sabía que estaba muerto. Ordenó a sus subalternos alejarse, para no interrumpir la honrosa marcha del animal hacia su altar de albero.
En ese centro, “Encendío” se acostó. Cuando entre las lágrimas y las palmas del público sintió la mano de su verdugo acariciarle el testuz y luego sus labios besarle el pelambre de la cuna, supo que le había cumplido a su madre. Sintió que había triunfado en la lucha contra un fatal destino firmado con acero de Toledo.
Lavado el honor y la sangre de la vaca que lo parió, cerró sus ojos y esperó callado a que el puntillero hundiera el metal por su nuca. Entonces su luz se encendió en las noches eternas de una Maestranza que guarda para las gradas vacías, las mejores faenas de su existencia; para estremecer oscuras y solitarias memorias que torean en una arena que siempre está de feria en el discurrir andante de tantos como yo.
(escrito en abril de 2007 recordando la primavera andaluza de 2006)
(ilustración: "Torería", Armando Reverón. 1936)
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