
Hace unos 3 años, me pidieron que escribiera algo para un revista que saldría a circular en tiempos de la Feria de Valencia de cualquiera que haya sido ese año que yo recuerdo como más o menos 3 atrás.
Al final publicaron otro discurrir de pensares que también les mandé y este lo dejaron quién sabe en qué disco duro de qué computadora que hoy come polvo en un olvidado y pequeño cuarto junto con palos de golf y viejas luces navideñas.
Yo lo encontré hace poco en un cd de archivos y ahí les va, inspiración borgiana:
Un ojo que ve entre maderas y al final de la mirada, una oscura puerta que conduce al infierno de los tótems. El ojo brilla indeciso entre el miedo y la ansiedad; continúa mirando la puerta.
La puerta dibuja un arco sobre la arena y una vez abierta se ve la negra nada del infierno toril. Se respira la sed de sangre y el hambre de muerte.
Teseo viste de luces. Ariadna lo ha dejado esta vez acompañado, pero la lucha la entablará solo. Asterión dejó el mino sin perder el tauro y conserva el instinto asesino. La Casa de Asterión que escribiera Borges tiene ahora espectadores y las paredes posan invisibles sobre el arenáceo ruedo.
El aljibe, el pesebre, el abrevadero y el patio son rojos burladeros que le recuerdan a Teseo que su sangre puede correr como en el pasado lo hizo nueve (infinitas) veces. El ruedo también es del tamaño del mundo y es el mundo. Eso lo saben secretamente Teseo y Asterión, y lo comparten en una mirada que se choca sordamente en el aire y revienta en un reto milenario.
Ariadna le ha dejado a su amado un rojo trapo, con él dibuja círculos que besan la arena donde retumban las embestidas del guardián. El húmedo aliento de Asterión levanta granizos de arena y una tensión ensordecedora nubla invisiblemente el ruedo.
Ya no es de bronce la toledana, pero igual brilla con el sol y anuncia el desenlace del encuentro. La bestia yace inmóvil a los pies del héroe y la casa de Asterión se desploma en un rocoso homenaje a Teseo.
“¿Lo creerás Ariadna? –dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. “1
1. Jorge Luis Borges, La casa de Asterión, El Aleph (1949).
(fotografía Javier Barbancho)
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