
Jactarse a boca llena de la mejor plaza de América, de las mejores ferias de América, no es cualquier cosa.
No cuando América está compuesta por ciudades como México, Guadalajara, Bogotá, Cali, Lima o Quito. Centros urbanos con tradición taurina que se filtra por el concreto, se mimetiza en el aire y hasta se cuela en el aroma de las cocinas.
El último semestre de 2007 tiene un sabor ajeno a años anteriores.
El 17 de junio la Monumental de Barcelona guindó un histórico “No hay billetes” para la esperadísima reaparición de José Tomás tras años de ausencia en los ruedos.
En la misma plaza, el 22 de septiembre un maestro de los muy pocos que merecen tan reservado calificativo, daría un último paseíllo europeo al que luego seguiría su última salida a hombros por puerta grande alguna existente en ese pedazo de tierra al otro lado del atlántico, su nombre: César Rincón. También orondo rezaba otro cartel: “No hay billetes”.
José Tomás y Rincón son sin duda las grandes figuras de esta temporada, uno por su regreso y el otro por su retirada. Estos matadores se sobreponen sin dificultad a cualquier estadística o escalafón; ningún otro torero hoy reclama con tal ansiedad ser visto en una plaza de toros como este par.
Los carteles de la última Feria del Socorro de Valencia incluyeron algunas figuras indiscutibles del toreo.
Pero eso no es suficiente cuando en panfletos, notas de prensa y a través de los parlantes de la plaza se pregona tetra-ventadamente a los aficionados que se está sentado en la mejor plaza de América disfrutando, evidentemente, de la mejor feria de América.
Si se es la mejor plaza de América, ¿cómo se explica la ausencia del que ha sido sin duda el mejor matador de toros americano de las últimas dos décadas y nombre con sitial de honor apartado en la historia del toreo universal?
¿Qué pueden pensar aficionados y enamorados de este arte que no pudieron leer el nombre del fenómeno de Galapagar para los días de noviembre cuando ya tenía armado un largo periplo en México?
¿Se justifica la repetición de Cayetano Rivera, un matador que visitó mucho la enfermería y poco las plazas importantes en su última temporada española?
¿Hubo sustitutos al nivel de los ausentes Sebastian Castella o José María Manzanres?
Hay que medir palabras, porque de lo contrario se incurre en no otra cosa que en desprecio e irrespeto por el público.
La categoría de una plaza pasa por muchas más cosas que lo imponente de su estructura, lo cómodo de sus asientos o lo encantador de su paisajismo.
Una plaza es de primera cuando respeta la hora de inicio sellada en la entrada de la corrida, cuando hay por lo menos dos sobreros por cada seis toros o cuando su callejón dista mucho de ser un boulevard de mercado de feria. Todas estas, cosas que lamentablemente no ocurren en la Monumental de Valencia.
La presencia de José Tomás y Rincón era tarea casi obligatoria para los responsables de los carteles de Valencia, un asunto pendiente con la afición valenciana y venezolana; una cuenta que, por lo menos en el renglón de César, probablemente no podrán ya pagar.
Pero quizá al hablar de figuras estemos pidiendo demasiado. Mejor fuera comenzar por exigir respeto y nivel en los sencillos y fundamentales aspectos rituales de la fiesta; de repente entonces podamos empezar a decir que en Valencia de Venezuela, hay una plaza de primera.
[Imagen: "Corrida de toros", por Raoul Duf.]
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