Friday, November 30, 2007

La mejor plaza de América (II)


Domingo 11 de noviembre, segunda de abono.

La luz se va de repente. Algo insólito en el primer mundo pero a lo que los asiduos de los festejos de noviembre ya están acostumbrados.

Primera vez que ocurre durante una corrida. Pasan los minutos y la penumbra continua acentuándose con el agravante de unas nubes que presagian agua.

El tiempo sigue corriendo, la incertidumbre lógicamente va haciendo peso en los presentes pero no se oye la voz que tan gastadamente chauvinista pregona: “¡Qué viva Valencia!”. Nadie puede dar alguna información a los pocos miles de aficionados que asistieron esa tarde a la Monumental. Un simple “pedimos disculpas por lo ocurrido, estamos trabajando para solucionarlo” hubiera bastado, por más deshonesto que fuera. Pero no, para autoridades y responsables pareciera importar un carajo el público.

Más minutos corrieron en el reloj y la lluvia cayó, algunos se quedaron a mojarse, otros se fueron bajo techo y muchos otros fueron a las casetas o sus casas.

Las autoridades buscaron resguardo en los arcos de la puerta grande, que bien grande les quedó. Nunca se anunció una decisión, no se aclaró el problema o muchísimo menos se pidió una disculpa por mostrar 4 toros en vez de 6.

Esto, por no hablar de una organización que no aprende de los percances de años anteriores y no toma las previsiones necesarias para enfrentar las casi tradicionales fallas eléctricas en “las mejores ferias de América”.


CONDICIONES DE LIDIA

En las corridas de Valencia, se ha hecho frecuente la aparición de grupos que pagan la entrada a la plaza para exhibir su capacidad de aguante al alcohol. En coro hacen cuenta de los segundos que son capaces de aguantar en ingesta ininterrumpida de sus botas. Escándalo que evidentemente afecta el desarrollo de la lidia y la apreciación de la misma por los aficionados que de verdad van a ver toros.

Cada quien puede consumir dentro de la plaza lo que desee siempre que no moleste a los demás y no contrarie las normas del coso. Es obligación de las autoridades garantizar y mantener las condiciones mínimas para el buen espectáculo y por tal, llamar la atención a estos grupos de “cromañones” que tomando mucho y seguido pretenden sentirse tan hombres como los que abajo visten de luces.

Pero nada ocurre, quizá más de un responsable se ría pensando a sus adentros: “¡Es que los venezolanos somos una vaina chico!”.

DESPEJAR EL DESPEJE

Los despejes de Plaza en las ferias de Valencia se tornan enternos.

La inclusión de bailes de flamenco u otras danzas están ligeramente fuera de lugar en un espacio-momento que está clara y estrictamente definido para la fiesta brava.

No negaré que dan colorido y belleza, que con frecuencia se puede uno recrear entre acordes, siluetas y coreografías. Pero también es cierto que lugar y tiempo para el baile hay de sobra antes y después de las corridas.

Pero lo que raya en el absurdo es el muy mal llamado despeje de plaza.

El despeje es un acto de suma belleza y seriedad en el que el alguacilillo, con autorización de usía, recorre el ruedo de manera simbólica, sacando a todos los aficionados e intrusos que otrora se aglomeraban en la arena para poder dar inicio a la corrida. Un ritual que rinde culto a los inicios de fiesta y que ayuda a que las corridas de toros se mantegan hoy casi como una reliquia antropológica.

En Valencia salen a caballo y en coche personas totalmente desconocidas por el gran grueso de los aficionados. Dan varias vueltas en un ruedo casi sagrado; sonriendo y lanzando flores, ostentando un pseudo-status de famosos de alfombra roja.

¿Por qué carajo tengo que verle la cara a alguien desconocido y totalmente ajeno a la razón por la que pagué una entrada? Léase 3 toreros y 6 toros.

Puedo comprender el acto si se trata de alguna gloria pasada de la arena, algún artista verdadero cuya obra haya estado ligada a la fiesta o incluso, alguna reina de belleza que tenga más méritos que curvas y gracias.

Una vez más, poco importan los miles de aficionados. "Él es mi amigo", o "él hizo un grueso aporte monetario": ¡cálenselo! en su ionesco andar.

Si son patrocinantes, pues ya bastantes espacios tienen atiborrados con los logos de sus marcas y de paso, gozan de la oportunidad de dar a su nombre un premio al triunfador de la tarde; cuando murió el último uro y ya no hay más vuelta al ruedo que valga, cuando la corrida se terminó y entonces lo ajeno a lo taurino tiene cabida.

¡Sr. Alguacilillo!, tenga bien en despejar a los despejadores. La afición lo agradece y lo exige para que comience la corrida, de manera digna; como si fuera una plaza de primera.


[Imagen: "Tauromaquia", por Goya.]

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